domingo, 7 de diciembre de 2008

Cuentistas

Doy un sorbo al café calentito, me aclaro la voz y enciendo un cigarrillo. Me encanta hacer esperar unos segundos antes de comenzar a contar una historia. Ver la impaciencia y la atención en los ojos de mis amigos. Es una sensación adictiva.

Cosas de familia. Somos unos cuentistas profesionales.

Mi madre tenía una pasión partida en tres: Antonio Machado, que dio el nombre a mi hermana Guiomar; las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, y Soria. Cuando yo era niña, paseábamos a menudo por aquel escenario mágico y, mientras mi padre se alejaba a hacer fotografías o a dormir la siesta, mi madre y yo nos sentábamos en la orilla del río Duero y viajábamos a su mundo romántico. Tan buena era contando aquellos cuentos oscuros que yo llegaba a ver a la mujer del Rayo de Luna corriendo por los bosques o a los monjes del Miserere saliendo de la ermita de San Saturio. Más de una noche me quedé en vela.

Los cuentos de Guiomar eran luminosos y de cosecha propia. Sus personajes fueron mis grandes amigos de la primera infancia. Le pedía con insistencia que me contara los mismos relatos porque, entre una y otra vez, siempre había algo nuevo. Hablaban de princesas valientes, de aventuras increíbles, salían arañas simpáticas y animalillos con cabeza. Mi preferido era el Camaleón López. Un personaje que surgía de su mano y que tenía una personalidad cautivadora. Hace poco apareció de nuevo después de tanto tiempo. Me vi con 27 años abrazando sus dedos, mientras ella lloraba de risa. No es para bromas, yo quería a ese bicho.

Las historias formaban parte de mi realidad y por mi casa pasaban brujos, hadas y duendes. Eran los amigos de mi hermana, de estética punk de la movida, que entraban encantados en el juego. Jorge siempre me amenazaba con convertirme en cerdito si no me callaba. Conseguía cortar mi verborrea al instante. Daba mucho miedo, ese pelo de punta, esos labios morados…"Mariconazo", le llamaba mi padre, y en su boca sonaba a algo verdaderamente peligroso. Sin embargo, siempre que venía a mi casa me pegaba a él como una lapa. Su dualidad cariñosa y aterradora me parecía del todo fascinante.

Ahora, la que fue mi casa, se ha vuelto a llenar de personajes queridos y fantásticos. La pequeña Candela es otra buena cuentista de 4 años que sabe aportar color a las fábulas de Guiomar. Marca de la casa. Ya ha comenzado a construir su propio universo, abierto, donde poder desparramar. Y es que, al igual que yo tiendo a provocar situaciones histriónicas o exageradas en mi vida diaria para luego poder contarlas, o mi hermano se juega el pellejo para traer aventuras del otro lado del océano, mi hermana es incapaz de decir en voz alta que las hadas no existen porque, ya sabéis, que cuando un humano pronuncia esas palabras, un hadita cae fulminada.

5 comentarios:

Tita Parín dijo...

Ja, ja, ja, ja... ¡como me hubiera gustado veros, hija! ¿le presentasteis a Candela a tu amigo Camaleón López?

La verdad es que, ahora que lo haces notar, es cierto que somos una familia enganchada a la droga cuentista. ¡Me encanta! Aunque creo que también somos capaces de tener los pies bien metidos en la tierra, cuando es necesario.

Sin embargo nada es comparable a esa expresión maravillada, divertida y espectante que tenian vuestros ojitos ante cualquier cuento. Siempre habeis sido un auditorio genial.

Un beso. cariño.

Tina Paterson dijo...

Melosona!!
D.

www.tinapaterson.com

Hector Mancha dijo...

que maravillosa familia tienes.... y cuanto les echo de menos¡¡¡¡

Carmen dijo...

Tita... Lo de los pies en la tierra es más que discutible...afortunadamente...

Tina...Sobredosis de miel...lo sé...qué se le va a hacer...no hay forma de que me salga lo chungo...

Mancha...la has liao...auguro q el día 8 el clan al completo te colapsa el teatro...

Muchos besos!

la zumbada de las hadas dijo...

No hay manera....siempre lloro, a ver si algún día somos capaces de quitarnos las mochilas que heredamos y nos conocemos mejor....nos vamos a gustar seguro